¿Por qué compartir comida nos hizo humanos? en “Yo, mono” elmundo.es

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Con la excepción de algunos países del norte de África y Asia, la Navidad es una fiesta oficial en todo el mundo. El día 25 de diciembre, dos tercios de la población mundial no acudirán al trabajo y habrán compartido mesa la noche anterior con amigos y familiares. Por ello, es probable que sea la celebración más universal para nuestra especie. En general, las celebraciones son un excelente método para recordar las alianzas dentro y fuera de la tribu. Las bodas, bautizos y demás fiestas cumplen con este mismo objetivo. En todas ellas se intercambian regalos y comidas actulizando los vínculos que les unen. 

La costumbre de sentarse juntos y compartir alimento se remonta a miles de años atrás. Existen yacimientos arqueológicos del paleolítico con restos que evidencian la existencia de lugares comunes con este fin.  Muy probablemente, en aquella época estas reuniones ocurrían alrededor del fuego, lo que sin duda tuvo consecuencias en la sociabilidad, facilitando su desarrollo. 

En nuestro pasado como cazadores, regresar al poblado o a la cueva sin nada era algo frecuente. Cuando había éxito, las piezas se podían compartir con otros. En cuanto a la recolección de frutos y vegetales, también se podían repartir. Por lo tanto, dado que el alimento no estaba asegurado para nadie, los sistemas de reciprocidad en los que se intercambia comida, según la disponibilidad de cada uno, han sidoestrategias muy usadas por nuestros antepasados. Una solución muy inteligente por si algún día te encontrabas con los bolsillos vacíos. 

Entonces ¿se trata de actos de generosidad o de un instinto de reciprocidad calculada de manera inconsciente? Las conclusiones no están claras y puede haber un poco de ambas. Los antropólogos Adrian Jaeggi y Michael Gurven, en un estudio comparado entre humanos y grandes simios hallaron resultados casi idénticos: existe reciprocidad a la hora de compartir comida tanto en nuestra especie como en otros primates. Estos actos no dependen del parentesco, la dominancia o la proximidad física. No hay diferencias significativas y los efectos son similares para todos, según Jaeggi. La única es que nosotros cambiamos comida por comida y los primates la intercambian por otros servicios, como ser acicalados u obtener la ayuda de otro miembro en peleas o en contra de algún enemigo. Estas funciones también están presentes en los humanos pero ese pasado de escasez del que todos provenimos nos obligó a incorporar el propio alimento como moneda de intercambio por otros alimentos, ya fuera en el presente o en el futuro.

¿Por qué esta diferencia? Los humanos nos valemos más que otros animales de los sistemas de almacenamiento e intercambio social para adaptarnos a las necesidades y cambios del medio, lo que puede explicar esta diferencia. De lo que sí estamos seguros es de que compartir permitió a las familias humanas disminuir los riesgos de un entorno impredecible. El propio Charles Darwin solía decir que las tribus cuyos miembros se ayudaran entre sí estaban en ventaja frente a otras. Por esta razón, estas navidades, cuando nos sentemos junto a nuestros seres más queridos, recordad por un instante que a través de estos eventos traemos al presente nuestro yo ancestral, el cual sobrevivió gracias a conductas como ésta. Todo un símbolo de lo que nos ayudó a sobrevivir como especie hasta el día de hoy.

 

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