Los primates altruistas del 11-M

¿Qué opinas si te pregunto sobre la naturaleza de la especie humana?. ¿Somos buenos o malos por naturaleza? Según mi experiencia personal, cuando haces a un amigo o amiga esta pregunta, un alto porcentaje de éstos me contesta como lo harían algunos pesimistas antropológicos célebres, como Sigmund Freud o Thomas Hobbes. Esta teoría parte de una interpelación negativa del mundo, según la cual en la vida el sufrimiento es mayor que el placer, y los males que nos acontecen muy superiores a los actos de bondad.

Pero la realidad supera la ficción intelectual de dicha corriente porque cuando sucede un acontecimiento catastrófico como el sucedido el 11-M en Madrid, la respuesta de nuestros congéneres suele ser heroica y desinteresada. Por ejemplo, los voluntarios anónimos recuerdan cómo se organizaron de manera espontánea, casi sin hablar. Hacían turnos para poder sacar a las víctimas de los trenes. Nadie sabe exactamente como se alcanzó tal grado de sincronización, “sólo seguíamos la dinámica”, declararon algunos de ellos. Reacciones similares sucedieron con el descarrilamiento del tren a Galicia el verano pasado. 

Afortunadamente, nuevas corrientes de investigación científica ponen en entredicho este enfoque que centra la atención en los actos egoístas y violentos de nuestra especie y por el contrario analiza hasta qué punto somos primates altruistas.

En una serie de experimentos llevados a cabo por Felix Warneken y Michael Tomasello, se presentaba a niños menores de dieciocho meses una situación en la que un adulto desconocido necesitaba ayuda hasta en diez situaciones diferentes: este último apilaba mal unos libros, no podía abrir un armario por tener las manos ocupadas, cogía una cuchara de un lugar desconocido, etc. Se hicieron las pruebas a veintidós niños y veinte ayudaron de manera inmediata. El tiempo de respuesta medio fue de cinco segundos aproximadamente. 

Cuando se pusieron obstáculos en el camino para que la ayuda fuera más complicada, también lo hacían a pesar del esfuerzo. Si tenían que dejar de jugar tampoco era un problema para los pequeños.

Para poder afirmar con más argumentos de peso que esas reacciones son innatas, posteriormente se realizaron las mismas pruebas con chimpancés y los resultados fueron idénticos. Nuestros parientes más cercanos también ayudaban.

Otras pruebas realizadas por Warneken son aún más impresionantes. Éste colocó a un humano en una sala jugando con un muñeco mientras un chimpancé le observaba. Entonces un actor entraba en la sala y le robaba el muñeco, poniéndolo lejos de su alcance. Los chimpancés, sin excepción, devolvieron el juguete al humano, tanto cuando eran recompensados como cuando no. En  la réplica de esta investigación con niños los resultados fueron idénticos. 

Una vez más, no se trata de ignorar que nuestra especie es capaz de los actos más crueles, pero acontecimientos como el 11-M, los descarrilamientos de trenes o lo sucedido con el Prestige son buenas evidencias para que empecemos a explorar nuestro lado más amable. Porque a diferencia de lo que pensaban los pesimistas antropológicos, sí podemos ser felices.

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