Los primates torturadores, para elmundo.es “Yo, mono”

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La preocupación mundial por las torturas realizadas por la CIA en las cárceles que tiene repartidas por medio mundo no es algo nuevo. Ya un estudio en los años 70, financiado por el propio ejército americano, tenía como objetivo entender por qué algunos militares cometen abusos contra los presos. Por lo visto, los resultados no sirvieron para convencer a ningún alto funcionario del ejército, pero fueron muy interesantes a la vez que aterradores.

Para responder a estas cuestiones, se encargó al psicólogo Philip Zimbardo diseñar un experimento sobre las consecuencias de la obediencia a la autoridad y a las instituciones, incluso cuando las órdenes entran en contradicción con la moral. En los bajos de la Universidad de Yale, Zimbardo construyó una prisión. Después pidió voluntarios a cambio de unos pocos dólares por día para que participaran en un experimento en el que dos docenas de individuos debían vivir en una cárcel ficticia. Éstos se dividieron en dos grupos: unos harían de carceleros y los otros de presos. A ambos se les vistió con sus uniformes correspondientes: porras, uniformes, batas y hasta cadenas.

A los prisioneros se les dijo que esperaran en sus casas. La policía del lugar accedió a participar en el experimento y se los llevó un día arrestados sin avisar. Cuando comenzó el experimento, la única orden para los carceleros era no ejercer la violencia física. Pero sí podían utilizar métodos de intimidación para dejar claro quién tenía el poder y el control. Zimbardo quería despersonalizarlos y arrebatarles su identidad. Y lo consiguió, tal y como lo ha hecho la CIA según lo desvelado en los últimos días.

Los carceleros de Stanford se ofrecieron a emplear horas extra incluso cuando no se les pagaba por ellas. Además, se metían en el papel como si fuera una película. Su agresividad fue creciendo a marchas forzadas. La violencia la empleaban especialmente por las noches, cuando creían no ser grabados por las cámaras. Estos falsos policías llegaron a obligar a los presos voluntarios a caminar desnudos, dormir en el suelo o hacer flexiones. Pero también les negaban la comida con frecuencia.

Por otro lado, tras la indignación inicial, los presos fueron admitiendo todo tipo de humillaciones. Éstos desarrollaron graves patologías y trastornos emocionales en tan solo unos pocos días que duró el experimento. Los resultados asustaron tanto a los investigadores que tuvieron que cancelarlo a la semana de su inicio. Dos de los participantes murieron pocos días tras su finalización.

Como había ocurrido con la investigación del psicólogo Stanley Milgram varios años atrás, en el que un hombre voluntario y anónimo era capaz de administrar electroshocks letales a un actor cuando se lo ordenaba un investigador, los resultados de estas investigaciones demuestran lo peligroso que es dar rienda suelta a los carceleros o policías desde los mandos de arriba. Cuando los soldados se sienten respaldados, como ha ocurrido en el caso de la CIA, algunos y algunas de sus agentes se saltan su propia moral, anulan su empatía deshumanizando al enemigo, y entonces comienzan las barbaridades.

Pero, ¿qué ocurre con los otros primates, los no humanos? ¿Torturan los animales también? Los chimpancés a veces sí sobrepasan ciertos límites, especialmente con desconocidos o machos de otras comunidades vecinas por las que se sienten amenazados. Llegado el caso, pueden agarrarle entre varios y despedazarle. La violencia de los simios dentro de su propio grupo está muy controlada comparada con la que ejercen contra desconocidos. Es la xenofobia típica de los primates, humanos y no humanos.

Y es que otro dato interesante sobre lo sucedido es que las prisiones donde se han producido las torturas nunca han sido en territorio estadounidense propiamente dicho, ni con ciudadanos de su país. Es esta doble moral que compartimos con otros simios, como es el caso de los mencionados chimpancés, la cual nos permite hacer ese tipo de cosas con extranjeros o personas diferentes sin pestañear, algo que casi nunca ocurriría en contra de uno nuestros ciudadanos y en territorio propio. En las interacciones intragrupales, nuestra especie se caracteriza más por el altruismo y la cooperación. Pero cuando se trata de foráneos sabemos que las cosas cambian. Al de fuera se le desivindividualiza y deshumaniza, como si no fueran de nuestra especie. Las barbaridades de las que somos capaces con extranjeros rara vez ocurren con compatriotas. De lo contrario, nuestra conciencia no nos permitiría dejarnos llevar por tales reacciones. Nuestra moral prevalecería contra cualquier orden.

De poco han servido estos experimentos promovidos por el mismo ejército para cambiar sus prácticas. Han pasado más de tres décadas y para ellos son papel mojado. Las torturas son y seguirán siendo una práctica habitual.

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