Animales empáticos

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Enseñar a tu hijo a atarse los zapatos, emocionarte con una película o vibrar en el campo de fútbol cuando van a lanzar una falta directa. Curar las heridas de otros, preocuparse por sus necesidades y reaccionar. Para todas estas acciones es necesario adoptar la perspectiva ajena para ejecutarlas, las cuales no existirían sin la empatía. Estamos tan acostumbrados a usarla que no caemos en la cuenta de su importancia en el día a día, especialmente en el ámbito social.

La empatía, especialmente desarrollada en nuestra especie, es la capacidad de ser afectado o compartir el estado emocional de aquellos que nos rodean, pero también evaluar las razones de por qué ha ocurrido. Esto sucede de manera automática e inconsciente en el cerebro de cada uno de nosotros, en cuestión de milisegundos.

El caso de Phineas Gage es uno de los más famosos de las neurociencia para explicar la importancia de la empatía. Gage era un trabajador de una compañía ferroviaria en Estados Unidos. Un día tuvo un grave accidente mientras estaba trabajando y un rail de la vía le atravesó el cerebro. De manera milagrosa sobrevivió aunque sufrió graves lesiones en los dos lóbulos frontales. Para los desconocidos, Gage parecía llevar una vida normal, pero lo cierto es que su personalidad cambió radicalmente. Antes era un hombre de familia y muy amable. Pero tras el accidente comenzó a maltratar a sus amigos y familiares. Para los que le habían conocido en el pasado era otra persona distinta. Gage parecía haber perdido la empatía de un día para otro. Era incapaz de ponerse en el lugar de otros para conocer las consecuencias de sus actos.

¿Qué había cambiado? Sabemos que parte de los mecanismos y redes neuronales que se usan para las relaciones sociales se encuentran en este área del cerebro que fue lesionado. En consecuencia, Gage había perdido la capacidad de reconocer las consecuencias de sus actos.

Por lo tanto, la empatía nos permite de manera casi instantánea “conectar” con la mente de las personas que nos rodean. Como nos enseña el caso de Gage, esta capacidad es esencial para regular las interacciones sociales, coordinar actividades con compañeros y compañeras, así como para lograr objetivos comunes.

La ventaja de vincularse emocionalmente se originó en las relaciones materno-filiales de los animales, muchos millones de años antes de que apareciera nuestra especie. Una madre que sabe detectar las necesidades de su descendencia, tanto fisiológicas como emocionales, puede atenderlas mejor y elevar así sus probabilidades de supervivencia.

Pero el desarrollo de la empatía no se paró ahí. Una vez surgida, los miembros extendieron su uso más allá de los límites familiares y la aplicaron en sus relaciones sociales.

Existen diferentes niveles de empatía. El más básico y sobre el que se cimientan otros más complejos es el contagio emocional. Se trata de un proceso en el que uno o varios individuos, se ven afectados por las emociones de otros cercanos. El ejemplo clásico es el del llanto de los niños en una guardería. Cuando empieza uno se extiende al resto como la pólvora. La causa es una emoción o estímulo externo, como en el contagio de la risa o el bostezo.

Pero el siguiente logro evolutivo ocurrió cuando a ese contagio emocional pudimos añadir la comprensión de las causas que provocan el malestar o bienestar de los demás. Eso nos permite hacer algo más al respecto, sin tener que responder con el mismo patrón una y otra vez. El primatólogo Frans de Waal habla de “empatía cognitiva” cuando a la reacción empática se le añade la comprensión del contexto. Al identificarnos, la emoción y la motivación que nos impulsan ya no son sólo externas, como en el contagio emocional, sino tambiéninternas, pues sentimos de manera muy similar a quien observamos.

Pero si los humanos conectamos tanto emocionalmente unos con otros, ¿por qué no acabamos destrozados de pasar por tanta emoción y accidente que sucede ante nuestros ojos? En realidad, los investigadores sugieren que la empatía es el resultado de nuestro cerebro simulando virtualmente, lo que representa sólo una parte de la experiencia de la otra persona. Por eso, cuando alguien se corta la mano con un cuchillo y lo observas, no sientes tu mano rajada. Lo que sientes al observar es como una pequeña versión, una pequeña dosis de la experiencia total. Si no pudiéramos congelarla de alguna manera, médicos y enfermeras no podrían llevar a cabo su trabajo.

Existen mecanismos neuronales y fisiológicos de la empatía que actúan como espejos en el cerebro. Una clase especial de células nerviosas o neuronas reflejan el mundo exterior en el interior de nuestro cerebro, revelando un sendero desconocido hasta ahora para entender la mente del ser humano. Hace un par de décadas, un equipo de neurobiólogos de la Universidad de Parma, liderado por Giacomo Rizzolatti, se encontraba investigando la actividad motora de los macacos. A un grupo de individuos de esta especie le colocaron electrodos en la corteza frontal inferior para estudiar las neuronas que intervienen en el control de los movimientos de la mano. Durante cada experimento, registraban la actividad de una sola de las neuronas mientras uno de los macacos cogía plátanos. En un descanso, uno de los investigadores cogió una de las frutas para comérsela él. De manera sorprendente, la neurona del mono registró actividad sin que este hubiera movido un solo dedo. Tras comprobar que no se debía a un fallo de la tecnología que empleaban, repitieron el experimento una y otra vez, obteniendo los mismos resultados.

Habían descubierto sin querer unas células nerviosas que se encuentran en el cerebro pero probablemente en otras partes del cuerpo también, llamadas “neuronas espejo”, las cuales son la prueba fisiológica de la empatía. Estas neuronas nos permiten comprender lo que le ocurre a otros individuos porque se activan al observar, haciéndonos experimentar una versión simulada de manera inconsciente y automática. Están relacionadas directamente con la empatía porque gracias a ellas podemos “sentir los sentimientos de otros” y entender sin necesidad del razonamiento. Esto quiere decir que las similitudes entre observar y ejecutar uno mismo la acción son tan grandes y sus efectos tan similares que pueden llegar a confundirse.

Las neuronas espejo también son estimuladas cuando se escuchan sonidos. La bióloga Valeria Gazzola, ha realizado estudios con acciones cotidianas y los sonidos asociadas a ellas, como arrugar una hoja de papel, comer patatas fritas o escuchar el mar. Descubrió que las áreas del lóbulo temporal, el lóbulo parietal, y el córtex premotor se activan. Las mismas zonas que se usan cuando se están haciendo manera real. En el marketing, se ha utilizado este truco de manera regular antes de descubrirse su existencia. Por ejemplo, el típico anuncio de Coca-cola al inicio de las películas en las que suena una botella destapándose. El objetivo es activar estas misteriosas neuronas espejo.

Aunque la empatía en nuestra especie está desarrollada hasta niveles asombrosos, esta capacidad no es patrimonio exclusivo de los humanos. Existe una continuidad entre el cerebro de los animales y los seres humanos. En general, los comportamientos de ayuda son muy comunes entre los mamíferos más gregarios, para quienes la colectividad lo es todo y cada individuo es imprescindible para la supervivencia del grupo. Pero sólo unas pocas especie de animales parecen asemejarse a nosotros a la hora de entender lo que le ocurre a los compañeros.

Por ejemplo, es común ver cómo las manadas de elefantes que ajustan el paso a las necesidades de algún individuo enfermo o lisiado. Del mismo modo, los ayudan a levantarse cuando desfallecen de cansancio o están moribundos. Algo que hacen los delfines, a los que se les ha visto auxiliar a congéneres a ascender a la superficie para tomar aire tras ser heridos por una explosión en prospecciones submarinas o arponeados por pescadores sin escrúpulos.

Los primates saben bien lo que es ponerse en el lugar del otro. En condiciones de laboratorio, si un grupo de macacos recibe una descarga cada vez que a un individuo aislado le dan de comer, este se niega a recibir alimento hasta un máximo de seis días con tal de que no sufran los compañeros. Entre los chimpancés, el apoyo a individuos minusválidos o heridos sucede con cierta frecuencia. Si una cría queda huérfana por ejemplo, otros miembros, tías o abuelas normalmente se hacen cargo. Pero también puede suceder que un macho no emparentado decida protegerlo hasta la adolescencia. Además, al igual que sucede con nosotros, a los chimpancés y a los bonobos se les contagia el bostezo, como ha probado. Otra prueba más de que tampoco en este asunto somos únicos, aunque sí los más aventajados.

La capacidad empática sigue siendo tan fundamental para el éxito profesional y laboral en la actualidad como lo fue hace miles de años. Las personas con altos niveles de capacidad para empatizar, por lo general progresan más en sus trabajos, tienen más amigos y consiguen con más frecuencia la colaboración de otras personas, lo que tiene un impacto muy positivo en sus vidas. Por eso no es exagerado afirmar que la empatía es uno de los mayores logros de la evolución.

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