Ivan, el niño que se convirtió en alfa de los perros callejeros de Moscú

 

Julia Fullerton-Batten

Tras la desaparición de la Unión Soviética, no solo miles de rusos se vieron obligados a vivir en las calles malviviendo de los restos de comida en las basuras. A la lista de perjudicados se añadieron otras especies, como perros y gatos, que llenaron las principales ciudades del país. Todos ellos deambulaban hambrientos por la ciudad en busca de comida y refugio en los imposibles inviernos rusos.

Pero precisamente en estas circunstancias tan miserables es cuando aparecen héroes o supervivientes que nos enseñan de qué estamos hechos los humanos y otros animales con los que convivimos. Uno de estos casos de supervivencia extrema sucedió en el año 1995, en las calles de la decadente Moscú.

Ivan Mishukhov, un pequeño niño de cuatro años de edad, harto de su madre y su novio alcohólicos, quienes no se preocupaban por él, poseído por un instinto de supervivencia se escapó de su casa para formar una nueva familia, esta vez con otra especie más leal: los perros. La experiencia de Iván tuvo que ser terrible para tomar esta decisión pero se lanzó movido por un poderoso impulso inconsciente.

La estrategia del pequeño Iván lo llevó a unirse a una manada o jauría de perros y a convertirse en su jefe. Todo comenzó cuando Iván empezó a compartir la comida que pedía a otras personas con ellos. Sin saberlo, había creado una legión de seguidores y amigos que iban a cambiar su vida para siempre.

La relación funcionó perfectamente. No solo se beneficiaba de la ayuda que los perros, capaces de rastrear hasta los trozos de comida más minúsculos con los que seguir vivos un día más, sino que también encontró en ellos el afecto y protección que todo ser humano necesita, especialmente a esas edades. Todos cuidaban de todos como en una verdadera familia.

Pero el vínculo e importancia de Iván en este grupo de perros salvajes llegó a ser de tal magnitud que un día se convirtió en el alfa o líder. Por ejemplo, él decidía dónde buscar o pasar la noche. Iván vivió así durante dos largos años antes de que las autoridades lo ” rescataran ” e internaran en un orfanato por primera vez. Pero aquel impulso de Iván seguía vivo, incluso más fuerte que nunca, porque fueron hasta tres veces las que el valiente pequeño se escapó y regresó con su verdadera familia.

La policía no era capaz de separar a Iván de sus aliados peludos. Se ponían muy agresivos y dispuestos a morder, capaces de dar su vida por Iván. Para las autoridades fue imposible hasta que un día tendieron una trampa, encerrándolos a todos en la cocina de un restaurante al que acudieron por el olor. Cayeron en la artimaña y ya no pudieron hacer nada por su querido Iván.

Debido a que Iván se escapó a una edad a la que los niños ya saben hablar pudo contar su historia aunque nunca quiso contar demasiado. En los años posteriores, tras una estancia en un albergue, fue matriculado en la escuela como un niño más. Aun así, cuentan que por las noches aún sueña que recorre las calles de noche con los mejores amigos que jamás tuvo en su vida: los perros salvajes de las calles de Moscú. Aquellos que sustituyeron a su familia durante el tiempo que más necesitamos el afecto de otras personas.

A pesar del desgarro que provoca esta historia, la historia de Iván también es un ejemplo de supervivencia y de capacidad de adaptación de los humanos cuando juntamos fuerzas de igual a igual con los perros, otra de las especies más fascinantes de nuestra historia evolutiva.

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