La inteligencia emocional de los animales

Las primeras reflexiones sobre el comportamiento animal se atribuyen a Aristóteles, en su obra “Historia de los animales”. Más de dos mil años después, Charles Darwin no tuvo reparos al hablar de emociones animales. Es refrescante la naturalidad con la que habla de ellas, justo en la época en la que realiza detalladas observaciones en el Zoológico de Londres. En sus notas comenta lo obvio que resulta el que los animales sienten placer, dolor, felicidad y tristeza. Además pronto se percata de que es en el contexto del juego, donde los animales jóvenes manifiestan una alegría extrema, al igual que los niños de ser humano.

El análisis de las semejanzas nos permite unir los puntos hacia atrás entre diferentes especies para poder conocer la evolución de determinadas características. Por ejemplo, el sistema límbico es el área del cerebro donde se producen las emociones de todos los mamíferos, ayudado por neurotransmisores como la dopamina y la serotonina. Este sistema se compone además de un conjunto de varias estructuras, como son el hipotálamo, el hipocampo, la glándula pituitaria y la amígdala. Las estructuras cerebrales y los comportamientos implicados en las emociones, son comunes a aves, mamíferos y reptiles, por lo que potencialmente todos ellos pueden tener experiencias emocionales.

Los elefantes realizan un ritual de duelo al encontrar huesos de otros coespecíficos.

Tras varias décadas de investigación sabemos que las diferencias entre especies son transicionales y no grandes brechas, ya que existe un continuo entre hombres y otros animales, tanto en aspectos físicos como cognitivos. Este principio es repetido por Darwin en varias de sus obras. Hoy en día, tras varias décadas de dominio conductista en las ciencias, que siempre etiquetó a los animales de sofisticados autómatas, ya es aceptado de manera general que las diferencias son exclusivamente de grado y no de tipo.

La profesora y etóloga de la Universidad Estatal de Colorado, Temple Grandin, sufre de síndrome de Asperger, una variante de autismo, y al igual que otras personas con este diagnóstico, mantiene relaciones estrechas con los animales. Sus investigaciones han sido de gran utilidad para diseñar mejores granjas y mataderos un poco menos aterradores para el ganado en Estados Unidos. Es interesante su punto de vista, ya que sostiene, que al igual que los autistas, los animales tienenemociones sin contradicciones y sin filtrar, lo que les permite una comunicación sin interferencias.

Aunque más investigaciones son necesarias para conocer las emociones de otros animales, algunas organizaciones médicas encontraron en la tesis de ausencia de emociones, la excusa perfecta para sus dolorosos métodos. El experto en emociones animales de la Universidad de Colorado, Marc Bekoff, cuenta en su libro La vida emocional de los animales que ha preguntado a sus colegas de laboratorio en varias ocasiones al respecto y éstos son incapaces de poner a sus mascotas en la misma situación que a sus sujetos de experimentación. También relata cómo minutos antes del día que iba a presentar unos resultados en público en la universidad, se encontró en el aparcamiento de la facultad a un compañero llamado Bill y estuvieron hablando de su perro Reno. Reno, contaba Bill, era muy feliz jugando con otros perros, pero recientemente habían aflorado en él terribles celos de las atenciones que procuraba a su hija. También solía deprimirse cuando se le dejaba solo en casa. Después, los dos entraron al evento y tras la presentación llegó el turno de preguntas. Bill agarró el micrófono y acusó a Marc de atribuir emociones humanas a animales sin argumentar en sus conclusiones. Entonces Marc le retó a contar en público las historias de Reno que le había contado en el aparcamiento minutos antes. Bill se puso rojo y contestó ”Bueno Marc, sabes perfectamente qué quise decir antes, sólo estaba “soltándome el pelo” al hablar de mi perro Reno. En realidad estoy bastante seguro de que no siente celos ni tristeza, sólo actuaba como si los tuviera”.

El paleontólogo y biólogo norteamericano, Stephen Jay Gould, pensaba que cuando se trata de conductas violentas o anti-sociales en humanos, no nos cuesta encontrar la conexión con nuestro pasado evolutivo, pero algo diferente ocurre cuando se trata de los sentimientos más nobles.

 

Una cría de pájaro malherida cayó al foso de agua de una instalación de primates, en un zoológico de los Estados Unidos. Mientras luchaba por salir del agua sin éxito, apareció un orangután que había observado la escena. Este, con la ayuda de una hoja que arrancó de un arbusto cercano y tras varios intentos, logró al fin rescatarlo del agua. Ya en tierra firme, el gran simio acaricia al polluelo con suma delicadeza, dando muestras de empatía con un ser vivo muy alejado de su especie, y por tanto, con necesidades completamente distintas.

Operación de rescate de la cría de pájaro malherida (leer la noticia original en The Telegraph).

Esta anécdota es muy similar a la que relata el primatólogo Frans de Waal, cuyo protagonista fue una hembra de bonobo, quien un día recogió un pájaro que cayó en un foso tras estrellarse contra el cristal del recinto en un Zoo de Inglaterra. Esta hembra se acercó, lo agarró y escaló hasta el punto más alto de la instalación. Entonces, aferrándose al tronco con sus piernas para poder tener las manos libres, la bonobo desplegó las alas del pájaro con mucho cuidado y lo arrojó con fuerza en dirección al exterior del recinto. Desafortunadamente, el pájaro no pudo alzar el vuelo, cayendo de nuevo en el interior de la instalación. La bonobo bajó rápidamente y lo protegió durante horas de sus compañeros hasta que cayó la noche. A la mañana siguiente el cuidador no lo encontró en el recinto.

Probablemente se recuperó del shock y pudo retomar el vuelo por sí mismo. De Waal cree que lo importante de este hecho es cómo la bonobo adaptó su comportamiento a las necesidades del pájaro, pues esta conducta hubiera sido completamente absurda para ayudar a otro miembro de su especie.

Tradicionalmente, todo lo relacionado con las emociones y la empatía ha sido impopular entre la comunidad científica, especialmente si se trataba de animales no humanos. Se consideraba como un conjunto de efectos secundarios no deseados de la evolución que interfieren en el correcto funcionamiento de la razón. Más datos son necesarios, pero las investigaciones recientes demuestran que los animales y los humanos reaccionamos ante el entorno de una manera similar. De hecho, hoy en día, es más fácil probar que los animales tienen emociones y empatía que lo contrario.

 

 

Un pensamiento en “La inteligencia emocional de los animales

  1. Pingback: El cerebro emocional – Descubriendo el sistema nervioso

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