Primates en el Ibex 35

“It is not the strongest or the most intelligent who will survive but those who can best manage change.”

Charles Darwin

Machos alfa en los despachos de Wall Street

En la película de Oliver Stone Wall Street, el magnate de los negocios Gordon Gecko, interpretado por Michael Douglas, cita en varias ocasiones El arte de la guerra, escrito en el siglo III a.C. por Sun Tzu como un código de comportamiento a seguir. Durante un par de décadas el libro estuvo muy de moda entre los directivos más importantes de Estados Unidos. Aún hoy aparece como uno de los títulos con mayor influencia en el mundo de los negocios.

Aunque hay formas de relacionarse más constructivas que ganan terreno, las estrategias agresivas todavía están entre las preferidas de los directivos de mayor estatus. En el año 2011, la compañía de Rupert Murdoch News América fue denunciada por prácticas que incluían amenazar a competidores, mentir a sus propios clientes y efectuar pagos ilegales para retener contratos. Un ex-empleado declaró que era habitual en los periodos de aprendizaje que les proyectaran en una sala películas de gánsters como Una historia del Bronx o Los intocables, para motivarles y enseñarles cómo infundir miedo a los clientes.

Además de mi pasión por los primates no humanos, trabajo en temas de psicología organizativa e inteligencia emocional con humanos, ya sea dando conferencias, impartiendo formación en empresas o en procesos de coaching con directivos. Por experiencia, sé que lemas y conceptos como «sólo sobreviven los más fuertes» o «la ley de la selva» son recurrentes entre los directivos. Ya sean de una PYME o coticen en el IBEX 35 no hay grandes diferencias culturales a la hora de optar por el estilo autoritario. Ninguna de estas frases se la inventó Darwin, pero son la excusa perfecta para poner en práctica un estilo de dirección agresivo.

Jane Goodall dio a conocer la historia de Mike, un chimpancé de la comunidad de Gombe que obtuvo el poder apoyándose en el miedo que despertaba en los demás. Todo comenzó cuando encontró unos bidones de gasolina vacíos que provocaban un fuerte estruendo mientras jugaba con ellos. Pronto se percató de que los otros miembros del grupo se asustaban mucho con el ruido. Gracias a este descubrimiento, y sin ser el más fuerte, ascendió rápidamente en la jerarquía hasta lo más alto. ¿Nos suena la maniobra, verdad? Me pregunto cuántos jefes han conseguido el puesto en el que están mediante el uso de tácticas de intimidación en su carrera por alcanzar el poder.

La tiranía de algunos jefes no tiene como único destinatario a los clientes y proveedores, son más frecuentes los que concentran todos sus esfuerzos en dominar a su equipo más cercano. La estrategia clásica es a base de gritos o dando puñetazos sobre la mesa en las reuniones, con el mismo objetivo con el que Mike hacía sonar los bidones o los gorilas se golpean el pecho: disuadir a los demás de que no intenten obtener una cuota de poder o responsabilidad que pueda hacer sombra. Para estos personajes paranoicos, todos a su alrededor son percibidos como potenciales amenazas. Carlos Herreros, en su libro Neuromanagement, califica a estos individuos como «líderes tóxicos».

La mayoría de los primates no humanos también realizan demostraciones de fuerza. Los más inseguros del grupo, especialmente si están en lo alto de la jerarquía, las llevan a cabo con más frecuencia porque necesitan gestionar la ansiedad que les produce la sensación de estar rodeados de enemigos. La interpretación de que existe un peligro constante está en el origen de las conductas agresivas que se producen tanto en la oficina como en la selva, pero también la explican en otros entornos. Por experiencia personal sé que en grupos de primates, tanto humanos como no humanos, los líderes seguros están más relajados porque su poder se sustenta sobre la alianza con otros con quienes comparten el poder. Los miembros que se comportan de manera dominante para controlarlo todo impiden el seguimiento de los subordinados y a largo plazo acaban aislados y expulsados.

Extracto del libro “Yo, mono”

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